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Las Nueve Nobles Virtudes

-1. Honor/Dignidad -2. Lealtad -3. Valor -4. Verdad -5. Hospitalidad -6. Autosuficiencia -7. Disciplina -8. Aplicacion -9. Perseverancia

24 nov. 2007

Mitología Finlandesa

EL MARAVILLOSO NACIMIENTO DE WAINAMOINEN
Capítulo I - Kalevala - Anónimo

He aquí que en mi alma se despierta un deseo, que en mi
cerebro surge un pensamiento: quiero cantar, quiero modular
mis palabras entonando un canto nacional, un canto familiar.
Las frases se derriten en mi boca, los discursos se atropellan;
desbordan mi lengua, se expanden alrededor de mis dientes.
Antaño, mi padre me ha cantado esas mismas palabras tallando
el mango de su hacha; mi madre me las enseñó haciendo girar
el huso. Yo entonces no era más que un niño, una pobre criatura
inútil que se arrastraba por el suelo a los pies de la nodriza, con
la barbilla goteante de leche. Pero hay otras palabras además:
palabras que yo he recogido en las fuentes de la ciencia,
encontrado a lo largo de los caminos, arrancado entre las
malezas, desgajado de los árboles en las altas ramas y amontonado
al borde de los senderos, cuando en mi infancia iba a
guardar los rebaños entre los pastizales con arroyos de miel y
las colinas de oro.
También el frío me ha cantado versos y la lluvia me trajo sus
runas; los vientos del ciclo y las olas del mar me han hecho oír
su poema; los pájaros me enseñaron su trino, y los árboles
desmelenados me han invitado a sus conciertos.
¡Sí! Yo cantaré un canto magnífico, un canto espléndido, cuando
haya comido el pan de centeno y haya bebido la áspera cerveza.
Y si la cerveza me falta, mi lengua seca invocará al rocío;
y cantaré para alegrar la noche, para celebrar el esplendor del
día. ¡Cantaré hasta la aurora para brizar la salida del sol!



Érase una vez una virgen; una hermosa virgen, Luonnótar, hija de Ilma. Vivía, desde hacía largo tiempo, casta y pura, en medio de las vastas regiones del aire, de los inmensos espacios de la bóveda celeste.

Pero he aquí que un día comenzó a sentir el hastío de las horas, a fatigarse de suvirginidad estéril, de su existencia solitaria en las llanuras del aire, tristes y desiertas.

Y descendió de las altas esferas, y se lanzó en la plenitud del mar, sobre la grupa blanca de las olas. Entonces un viento impetuoso, un viento de tempestad, sopló de oriente; el mar se hinchó y se agitó en oleajes.


La virgen fue arrastrada por la tempestad, flotando de onda en onda, sobre las crestas coronadas de espuma. Y el viento salobre vino a acariciar su regazo. Y el mar la fecundó.

Durante siete siglos, durante nueve vidas de hombre, llevó la carga de sugravidez. Y aquel que había de nacer no nacía. Y aquel que nadie engendró seguía sin ver la luz.


La virgen nada; nada hacia oriente y occidente, al noroeste y al sur, por las riberas del aire. Espantosos dolores le queman las entrañas. Pero aquel que había de nacer no nace y aquel que nadie engendró sigue sin ver la luz.


La virgen llora dulcemente y dice: "¡Ay, desdichada, qué tristes son mis días! ¡qué errante es mi vida, pobre de mí! ¡Siempre y en todas partes, bajo la inmensa bóveda del cielo, empujada por el viento, arrastrada por las olas en el seno de este vasto mar
sin límites! ¡Oh, Ukko, dios supremo3: tú que sostienes el mundo, ven a mí, socórreme! ¡Apresúrate a mi llamada! ¡Libra a esta doncella de sus angustias, a esta mujer del dolor de sus entrañas! ¡Ven, ay, acude pronto; tu ayuda se me hace necesaria más y
más!"


Un corto espacio transcurrió. Y de repente un águila de amplias alas tiende el vuelo. Surca los aires con estrépito, buscando un lugar para su nido. Vuela a oriente y occidente, vuela al noroeste y al sur, pero no encuentra un rincón donde construir nidal.


Vuela de nuevo; después se detiene; y piensa y medita: "¿Qué lugar elegiré, el viento o el mar? El viento derribará mi casa, el mar la tragará". Y he aquí que entonces la virgen del aire levantó su rodilla por encima de las olas, ofreciendo así al águila un lugar para su nidal bienamado. El águila ilustre suspende el vuelo; divisa la rodilla de la hija de lima y la toma por una verde colina, por un cerro de fresco césped. Lentamente vacila en el aire. Al fin, se lanza sobre la punta de la rodilla y allí construye su nido. Y en ese nido deposita seis huevos. Seis huevos de oro y un séptimo de hierro.

El águila se pone a incubar sus huevos, un día y otro día, y casi un tercer día.Entonces la hija de lima sintió un calor ardiente en su piel. Parecía que su rodilla era una brasa, que todos sus nervios se derretían.

Y replegó vivamente la rodilla, sacudiendo todos sus miembros. Y los huevos rodaron al abismo y se estrellaron contra las olas.

Pero no se perdieron en el fango ni se mezclaron con el agua. Sus pedazos se convirtieron en las más bellas cosas. Así:

"De la parte inferior de los huevos se formó la tierra, madre de todos los seres; de su parte superior el sublime cielo; de sus trozos amarillos el radiante sol; de sus trozos blancos la luna resplandeciente; de las cascarillas jaspeadas se hicieron las estrellas; y los trozos oscuros fueron los nubarrones del aire".

Y el tiempo avanzó y los años se sucedieron, porque el sol y la luna habían comenzado a brillar. Pero la hija de lima continuaba errante todavía sobre la vastedad del mar, sobre las olas vestidas de niebla. Debajo de ella, la húmeda llanura; encima de ella, el claro cielo.

Y al noveno año, en el décimo estío, levantó la cabeza sobre las aguas y comenzó la creación en torno suyo.

Donde tiende su mano, hace surgir promontorios; donde tocan sus pies, cavan hoyos para los peces; donde se sumerge, hace más profundos los abismos. Cuando roza de flanco la tierra, aplana las riberas; cuando tropieza con ella su pie, nace el socavón fatal para los salmones; cuando las golpea de frente, abre los golfos.

Después toma impulso y se interna en la alta mar. Allí crea las rocas, y pare los escollos para el naufragio de los navíos y la muerte de los marineros.

Ya las islas emergen de las olas, los pilares del aire se yerguen sobre sus bases, la tierra nacida de una palabra despliega su masa sólida, las venas de mil colores aran la piedra y esmaltan las rocas... Y Wainamoinen no ha nacido todavía, el runoya de la
eternidad .

El viejo, el impasible Wainamoinen, esperó en el vientre de su madre durante treinta estíos, durante treinta inviernos, sobre el inmenso abismo, sobre las olas nebulosas.

Meditaba profundamente preguntándose en su interior cómo le sería posible existir y pasar su vida en aquel sombrío retiro, en aquella estrecha mansión, donde jamás ni el sol ni la luna dejaban penetrar su luz.

Y clamó: "¡Rompe mis ligaduras, oh luna! ¡libértame, oh sol! Y tú, radiante ótawa, enseña al héroe a franquear estas desconocidas puertas, estos infrecuentados caminos, a salir de este reducto oscuro, de este abrigo asfixiante. Conducid sobre la tierra al viajero, al hijo del hombre bajo la bóveda del aire, para que pueda contemplar el sol y la luna, y admirar el esplendor de ótawa, y gozar la luz de las estrellas".

Pero la luna no rompió sus ligaduras, ni el sol le dio la libertad. Entonces Wainamoinen sintió el hastío de los días y la fatiga de su vida. Y golpeó vivamente la puerta de la fortaleza, con el dedo sin nombre 6. Forzó el muro de hueso con el dedo mayor del pie izquierdo, y se arrastró con las uñas fuera del umbral, y sobre las rodillas fuera del vestíbulo.

Y ahora, helo ahí, sumergido en el abismo hasta la boca y hasta la punta de los dedos. El poderoso héroe continúa sometido al poder de la onda. Durante cinco años, durante seis años, durante siete y ocho años, se vio arrastrado de ola en ola. Al fin se detuvo en un cabo desconocido, sobre una tierra desnuda de árboles.

Allí, ayudándose con las rodillas y los codos, se irguió cuan alto era, y se puso a contemplar el sol y la luna, a admirar el esplendor de ótawa y a gozar la luz de las estrellas.

Así nació Wainamoinen, así fue revelado el ilustre runoya. Una mujer lo llevó en su seno. La hija de lima lo trajo al mundo.

EL KALEVALA II
Capítulo II - Kalevala - Anónimo




Wainamoinen encaminó sus pasos a través de aquella isla situada en medio del mar, a través de aquella tierra desolada y sin árboles. Largos años vivió en la tierra estéril, en la isla sin nombre.

Y pensó en su espíritu, meditó en su cerebro: "¿Quién vendrá ahora a sembrar este campo? ¿quién lo llenará de gérmenes fecundos?"

Sampsa, el dios de los campos, sembró el agro; derramó el grano sobre las llanuras y las ciénagas, sobre el talud y la tierra blanda, y en los espacios rocosos. Sembró el pino en las colinas, el abeto en los altozanos, el brezo en las arenas, y
plantó los jóvenes arbustos en los valles.

El viejo, el impasible Wainamoinen, acudió a ver la obra de Sampsa. Observó que los jóvenes retoños se habían desarrollado, que los árboles habían crecido. Sólo la semilla de la encina no había fecundado; sólo el árbol de Jumala 7 no había echado raíces.

Entonces cuatro doncellas, divinidades de las aguas, surgieron del seno de la onda y se pusieron a segar las altas yerbas, a cortar el césped húmedo de rocío. Y a medida que avanzaban iban recogiendo las yerbas con un rastrillo y amontonándolas
en un gran almiar. Después la yerba cortada fue arrojada al fuego, al poder de las llamas. Y todo ardió hasta la desnudez de la ceniza.

Y he aquí que en la entraña de esa ceniza, del árido tizón, es donde fue a crecer el follaje bienamado y a germinar la bellota de la encina. Ya aparece el verde retoño, la hermosa planta. Y de su tronco arranca una doble rama. Su ramaje se dilata, su copa sube hasta el cielo, su follaje invade el espacio; detiene el vuelo de las ligeras nubes, interrumpe el curso de las grandes, oscurece la luna y el sol.


Entonces el viejo Wainamoinen reflexionó profundamente: "¿No habrá nadie que se atreva a descuajar la encina, a abatir el árbol ilustre? La tristeza se apoderará de los hombres, los peces nadarán difícilmente, si la luna no brilla y el sol esconde su
antorcha".

Pero ningún hombre, ningún héroe se presentó para descuajar la encina, para derribar el árbol de las cien ramas.

El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh tú, mujer! ¡oh tú, madre Luonnótar: tú que me criaste, envía aquí un genio de las aguas que venga a arrancar la encina, a destruir el árbol fatal, para despejar los caminos del sol y trillar su senda al rayo de la luna".
Un hombre, un héroe surgió entonces del seno de las aguas. No era mayor que el dedo pulgar de un hombre; como un palmo de mano de mujer.

El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "No has sido hecho tú para arrancar la encina, para abatir el árbol maravilloso".

Pero ya el héroe había tomado entonces otra forma. Golpeó poderosamente la tierra con la planta del pie, y su frente llegó hasta las nubes. Flota su barba hasta las 7 Jumala, otra denominación del dios supremo, Ukko. La encina le estaba consagrada como entre los romanos a Júpiter.

rodillas; sus cabellos, hasta los talones. Se pone a afilar su hacha, repasando el filo con seis, con siete pedernales. Después avanza vivamente con sus pies ligeros; da un primer paso rápido sobre la tierra arenosa; da un segundo paso sobre la tierra color de almagre; da un tercer paso, y llega al pie de la deslumbrante encina.

Entonces, con su hacha, da un golpe y otro golpe. Al tercer golpe, saltan chispas del acero y la encina se bambolea; el árbol inmenso se viene a tierra. Y una vez que la encina fue abatida, que el árbol maravilloso fue derribado, el sol y la luna vuelven a encontrar lugar para dardear sus rayos, las nubes para seguir su curso, el arco iris para desplegar su comba esplendorosa desde el cabo de nieblas hasta la isla rica de umbrías.

Y los brezos comenzaron a verdecer, los bosques a crecer gozosos, las hojas a vestir los árboles, el céspeda adornar la tierra, los pájaros a gorjear en las umbrías, los zorzales a retozar, y el cuclillo a cantar en las altas copas. Ya las bayas maduran en sus tallos, las flores de oro esmaltan los campos, la vegetación se despliega bajo mil formas. Pero la cebada no ha germinado aún, la planta tutelar todavía no ha nacido.

Canta el abejaruco 8 en lo alto de un árbol: "La espiga no crecerá, la avena no germinará, mientras los árboles que cubren el campo no sean todos derribados y entregados al fuego".

El viejo, el impasible Wainamoinen, se hace inmediatamente fabricar un hacha de afilado corte; después derriba una inmensa cantidad de árboles. Bosques enteros se desploman a sus golpes. Un abedul, un solo abedul queda en pie para servir de
refugio a los pájaros del cielo, para que el cuclillo haga oír desde él su canto. Y he aquí que un águila tiende su vuelo por el celeste espacio. Quiere saber por qué ha sido respetado el abedul, por qué el hermoso árbol no ha sido derribado.

El viejo Wainamoinen se lo dice: "Se ha dejado en pie este árbol para que sirva de refugio a los pájaros del cielo, para que en él repose el águila". Y el águila contesta: "Bien hecho está".

Entonces el águila prendió fuego a todos los árboles cortados. La llama surgió violentamente; el viento del norte, el viento del nordeste atizaron el incendio; todo fue devorado y reducido a cenizas.

Un día, dos días, tres noches, casi una semana transcurrió. El viejo, el impasible Wainamoinen fue a visitar el campo. Y aprobó el buen orden de todo: la cebada había germinado, la espiga tenía tres hileras, el tallo tenía tres nudos.

Entonces el viejo Wainamoinen lanzó una mirada en torno. El cuclillo del estío se acercó y viendo al abedul desplegar su bella cabellera, dijo: "¿Por qué ha sido perdonado el abedul? ¿por qué este lindo árbol no ha sido descuajado?"

El dios Wainamoinen dijo: "El abedul ha sido perdonado para que tú tengas una rama para tu reposo y tu canto. Canta, pues, oh hermoso cuclillo, canta a plena voz, garganta de clarín, garganta de oro. Haz retumbar el aire, garganta de bronce. ¡Canta, sí, canta a la mañana y a la noche y al mediodía! ¡Celebra mis bellas praderas, di la dulzura de mis bosques, los tesoros de mis riberas, la fecundidad de mis campos!

WAINAMOINEN Y EL JOVEN JOUKAHAINEN
Capítulo III - Kalevala - Anónimo

El viejo, el impasible Wainamoinen pasaba los días de su vida en los bosques y las landas de Kálevala. Allí entonaba sus cantos y manifestaba su ciencia. Día y noche sin interrupción retumbaba su voz. Repetía sus antiguos recuerdos,
celebraba el origen de las cosas, los misterios que todos los hombres juntos no sabrían cantar, que todos los hombres juntos no sabrían comprender en su pobre vida, en las horas supremas de sus días perecederos. La fama de la sabiduría del runoya se
extendió a lo lejos; voló hasta las regiones del Mediodía, hasta las alturas de Pohjola. He aquí, pues, que el joven Joukahainen, el cenceño mancebo de Laponia, paseando un día por su aldea, oyó contar la maravillosa nueva; supo que allá en los
bosques y landas de Kálevala, sabían cantos mejores que los suyos, que los que él aprendió de su padre.

Esto le llenó de cólera. Al mismo tiempo una terrible envidia se encendió en su pecho contra Wainamoinen, porque comprendió que iba a ser sobrepasado por él. Llegó junto a su madre y le anunció su designio de ir a Wainola 9 a desafiar al bardo.
La madre de Joukahainen desaprobó su decisión, y el padre se esforzó en hacerle desistir, diciéndole: "Allá harán mofa de ti, te embrujarán con sortilegios, hasta que tus manos y tus pies se pongan rígidos, y no puedas moverte ni volver atrás".
El joven Joukahainen respondió: "Sin duda la sabiduría de mi padre es grande; y la de mi madre mayor aún. Pero la mía es mejor".

Y partió sin escuchar sus consejos. Tomó su caballo de reluciente morro y fogosos corvejones, y lo unció a su trineo dorado, a su trineo de fiesta. Después montó, hizo restallar su látigo ornado de perlas, y se lanzó al espacio.

Caminaba con un fragor de tempestad. Caminó un día, caminó dos días. Al tercer día llegó al bosque de Wainola, en las landas de Kálevala.

El viejo, el impasible Wainamoinen, venía lentamente por el camino. Pronto el joven Joukahainen se encontró con él de frente. Los trineos chocaron, los atalajes se enredaron, se encabestraron las colleras, y los corceles humeantes se detuvieron.

Entonces el viejo Wainamoinen dijo: "¿De qué raza eres tú, que tan locamente cruzas por mi camino, destrozando mi trineo, mi hermoso trineo de fiesta?" El joven Joukahainen replicó: "Yo soy el joven Joukahainen. ¿Y tú? ¿de dónde sales tú? ¿cuál es tu familia? ¿cuáles son tus antepasados, miserable?" El viejo Wainamoinen dijo: "Si eres el joven Joukahainen, cédeme el paso, porque
no eres igual a mí en edad".

El joven Joukahainen dijo: "No se trata aquí de juventud ni de vejez. Que aquel que sea el más grande en sabiduría y el más poderoso en recuerdos, pase delante. Y que el otro le ceda el camino. Si es cierto que tú eres el viejo Wainamoinen, el runoya
de la eternidad, comencemos a cantar. Que el hombre dé lecciones al hombre; ¡que uno de nosotros triunfe del otro!"

El viejo Wainamoinen contestó: "¿Qué puedo valer yo como sabio, ni como bardo, si he vivido toda mi vida en estos bosques solitarios, en medio de mis campos, sólo atento a la voz de mi cuclillo? Déjame oír más bien lo que tú sepas; aquello que tú
comprendas mejor que los demás".

El joven Joukahainen dijo: "Sé unas cosas y otras; las poseo con plena claridad. Sé que la salida del humo está en el techo, que la llama no está lejos del hogar, que la vida es fácil para la lija y para la foca que se encenaga en las aguas. Pero si esto no te
basta, sé otras cosas además, conozco otros asuntos".

El viejo Wainamoinen dijo: "La ciencia del niño, la memoria del niño, no son las del viejo héroe barbado ni las del hombre que ha tomado mujer. ¡Habla de las cosas eternas y profundas!"

El joven Joukahainen dijo: "Sé que el pinzón es un pájaro y sé de dónde viene; sé que la culebra es un reptil, que la pértiga es un pez del agua, que el hierro es flexible, que la tierra negra es amarga, que el agua hirviente causa dolor, que el fuego quema
rabiosamente. Y todavía recuerdo más cosas: recuerdo el tiempo en que yo me dedicaba a surcar el mar, a sondear el abismo, a cavar agujeros para los peces, a sumergirme hasta las entrañas del agua, a formar lagos, a amontonar colinas y a agrupar las rocas. Yo estaba presente cuando la tierra fue creada, cuando fue desplegado el espacio".

El viejo Wainamoinen dijo: "¡Deja ya de amontonar mentira sobre mentira!" Y el joven Joukahainen: "Si mi ciencia no es bastante, mi espada la suplirá. ¡Oh, viejo Wainamoinen, oh runoya de la boca sin límites! ¡ven a medir tu espada conmigo, prueba ahora la hoja del acero!"

El viejo Wainamoinen dijo: "Poco me importan en verdad tu espada y tu cólera, tu venablo y tus desafíos. Pero no me está bien medirme contigo, pobre mozo; batirme contigo, oh miserable".

El joven Joukahainen crispó la boca, irguió la cabeza, sacudió su negra cabellera, y dijo: "Al que rehuse batirse conmigo yo lo convertiré en cerdo de largo hocico; yo daré cuenta de tales héroes arrastrándolos sobre el estiércol, amontonándolos en el
fondo del establo".

Entonces Wainamoinen fue presa de la indignación y estalló en furia. Y de pronto rompió a cantar, entonando palabras mágicas. Wainamoinen canta, y a su voz braman las marismas, y la tierra tiembla, y las montañas de cobre oscilan, y las losas espesas
saltan, y las rocas se hienden, y las piedras se quiebran contra la costa.

Con sus sortilegios anonada al joven Joukahainen. Finge ramas y follaje en la collera de su caballo, varas de mimbre sobre la gualdrapa, ramas de sauce en las riendas. Después convierte su trineo de oro, su hermoso trineo de fiesta, en un arbusto
seco de los pantanos; su látigo ornado de perlas, en el carrizo de la orilla del mar; su caballo de estelada frente, en piedra de las cataratas; su espada de guardas de oro, en relámpago; su arco de mil colores, en arco iris; sus aladas flechas, en flotantes
ramas de pino; su perro de corvo morro, en un mojón de tierras; su gorra, en nube delgada; sus guantes, en nenúfares de agua estancada; su manto de lana azul, en niebla; su rico cinturón, en un reguero de estrellas...

Después sacude entre sus manos al joven Joukahainen en persona, y lo hunde en una ciénaga hasta la cintura, en una pradera hasta los riñones, en un brezal hasta las axilas.

Sólo ahora comprende el joven Joukahainen que, aquel que había encontrado en su camino y contra el cual había querido luchar, era verdaderamente el viejo Wainamoinen.

Intentó con uno de sus pies salir del lugar donde se le había hundido, pero su pie estaba paralizado. Lo intentó con el otro, pero lo encontró calzado con un zapato de piedra.

Entonces la desesperación se apoderó del joven Joukahainen, viendo que todo le era funesto, y clamó: "Oh sabio Wainamoinen: recoge de nuevo tus palabras sagradas, tus mágicos sortilegios. Líbrame de esta angustia, y yo te pagaré un rico rescate".

El viejo Wainamoinen dijo: "¿Qué me darás si recojo mis palabras, si te libro de esa angustia?"

El joven Joukahainen dijo: "Tengo dos arcos, dos preciosos arcos, fuertes y seguros en el blanco. Toma de los dos el que plazcas".

El viejo Wainamoinen dijo: "Hombre de estrechos pensamientos, ¿para qué quiero yo tus arcos? ¿qué me importan a mí, detestable monstruo? También tengo arcos yo; los muros de mi casa están cubiertos de ellos. Milagrosos arcos que salen a cazar al
bosque sin la ayuda de la mano del hombre". Y otra vez volteó entre sus manos al joven Joukahainen, enterrándolo más profundamente en el cenagal. El joven Joukahainen dijo: "Oh viejo Wainamoinen: te entregaré un casco lleno de oro, una
gorra llena de plata; todo el oro y la plata que mi padre ha conquistado en las batallas, que ha traído de sus cabalgadas guerreras".

El viejo Wainamoinen dijo: "De nada me sirve tu riqueza; no corro yo, insensato, detrás de tu oro. Mis cofres lo desbordan. Y mi plata es antigua como la luna; mi oro tiene la edad del sol".

Y nuevamente sacudió al joven Joukahainen, hundiéndolo más y más en la ciénaga.

El joven Joukahainen estaba en el colmo de la desdicha, viéndose enterrado hasta la barba en el húmedo fangal, hasta la boca en el légamo espeso, hasta los dientes entre las raíces de los pinos.

Y dijo: "Oh sabio Wainamoinen: recoge tus encantamientos, perdona mi triste vida, líbrame de este espantoso abismo. Si retiras tus mágicas palabras, te entregaré a mi hermana Aino. Te ofrezco a la hija de mi madre para poner tu casa en orden, para
barrer el suelo de tu cámara, para fregar tus escudillas de leche, para lavar tus vestidos, para tejerte un manto de oro y amasarte las tortas de miel". Entonces Wainamoinen sintió en su corazón un inmenso gozo; la esperanza de tener a la hermana del joven Joukahainen para sostén de sus viejos días desarmó su cólera.

Y se puso a cantar un instante; y otra vez luego, y una tercera vez, recogiendo así sus sagradas palabras de antes, sus mágicos sortilegios.

De este modo el joven Joukahainen salió del abismo donde se hallaba hundido; y su caballo dejó de ser una roca, su trineo un arbusto seco y su látigo caña marina. Después montó en su trineo querido, y se dirigió con el corazón abrumado y triste el
alma, a la casa de su dulce madre.

Camina con un estrépito ensordecedor, con una velocidad de espanto. Y he aquí que su trineo va a chocar en la escalinata de la casa paterna, estrellándose contra el pabellón de baños.

La madre y el padre acuden al estrépito, y le dicen: "Has estrellado a propósito tu trineo, has hecho astillas voluntariamente tu timón. ¿Por qué conduces de manera tan extraña y tan loca?"

El joven Joukahainen, deshecho en llanto, estaba con la cabeza baja, el corazón en la garganta, derribada la gorra, los labios secos y espesos, hundida la nariz contra la boca.

Su madre le habló: "¿Por qué lloras, hijo? ¿por qué te lamentas, oh fruto de mi mocedad?".

El joven Joukahainen dijo: "Oh madre, lloraré y me lamentaré toda mi vida porque he ofrecido a mi hermana Aino a Wainamoinen, para que sea su esposa, para que sirva de sostén al senil, de apoyo al habitante eterno del país de los viejos". La madre del joven Joukahainen se frotó las manos, y dijo: "No llores, hijo querido, ninguna razón tienes para estar triste. Mis votos serán colmados al fin, y veré al héroe de los héroes en mi casa; tendré a Wainamoinen por yerno, al célebre runoya por esposo de mi hija".

Pero la hermana del joven Joukahainen comenzó a llorar a su vez amargamente. Un día, dos días lloró, tendida sobre las escaleras de la casa. Su madre le dijo: "¿Por qué lloras, mi buena Aino, tú a quien tan alto esposo ha elegido, tú que habitarás la mansión del hombre ilustre, que has de sentarte junto a su ventana y charlar con él en su escaño?".

La doncella dijo: "Sí, madre mía, razones tengo para llorar. Lloro mi hermosa cabellera que tendré que cubrir, mis finos bucles que tendré que ocultar cuando soy tan niña aún, cuando todavía estoy creciendo" 10. Y también lloro por la dulzura de este
sol, por el encanto de esta luna sin igual, por toda la majestad de este cielo que, tan niña aún, tendré que abandonar". La madre dijo: "Seca tus lágrimas, loca. El sol de Dios no brilla sólo en las ventanas de tu padre; también en otros lugares brilla. Ni es
sólo tampoco en los campos de tu padre y en los claros bosques de tu hermano donde encontrarás, pobre niña, bayas y fresas. También crecen en otras montañas, también en otras llanuras crecen".

Aino, la joven virgen, Aino, la hermana de Joukahainen, salió al bosque a buscar un brazado de ramillas de abedul. Y cuando volvía a la casa, atravesando el bosque con sus ágiles pies, el viejo Wainamoinen apareció. Contempló a la muchacha, adornada con un collar de perlas, corriendo sobre el fresco césped. Y le habló: "Sólo para mí, y no para ningún otro llevarás, oh doncella, tu collar de perlas, adornarás tu pecho con la hebilla de metal y anudarás tus cabellos con el lazo de seda". La muchacha contestó: "Ni para ti ni para otro alguno adorno yo mi pecho con la hebilla de metal, ni ato mis cabellos con el lazo de seda. Ni los hermosos vestidos me
apetecen, ni las rebanadas del pan candeal. Antes prefiero el tosco brial y el pan duro en casa de mi padre, al lado de mi dulce madre".

Y arrancándose la hebilla del pecho, despojándose del collar de perlas de su cuello, de los anillos de sus dedos y el rojo lazo de sus cabellos, los arrojó a tierra para que la tierra los gozase a su capricho; los dispersó por el bosque para que el bosque se adornase con ellos. Y llorando regresó a casa.

La madre de Aino trabajaba, sentada en la escalera del granero, desnatando la leche. "¿Por qué lloras tú, doncella, pobre hija mía?".

"Ay madre, mi suerte es cruel y amarga. Lloro y me lamento ¿y qué otra cosa puedo hacer? He ido al bosque y regresaba a casa, cuando, de repente, Wainamoinen me gritó estas palabras desde el fondo del valle: "Sólo para mí y no para ningún otro llevarás, oh doncella, tu collar de perlas, y adornarás tu pecho con la hebilla de metal y anudarás tus cabellos con el lazo de seda".

10 Las antiguas mujeres finesas sólo se cubrían la cabeza después del matrimonio. La madre respondió: "Sube al aitta" 11 que se alza allá en la colina, el granero lleno de nuestra riqueza. Abre el mejor cofre, levanta su tapa repujada. Encontrarás en
él seis cinturones de oro, siete sayas azules. Ciñe tu frente con la banda de seda; tus sienes con la diadema de oro. Cuelga las perlas brillantes a tu cuello, la hebilla de oro a tu pecho. Cambia tu camisa de grosera tela por una del más fino lienzo. Ponte el vestido de lana, medias de seda, ricos zapatos. Ata tus trenzas con el cordón de seda. Adorna tus dedos con los anillos de oro, y tus brazos con ajorcas de plata". Así habló la madre a su hija. Pero Aino permaneció insensible a sus ruegos. Fue a vagar, llorando, por la cerca de la casa. Y clamó levantando la voz: "Más me hubiera valido no nacer jamás a la vida, no crecer jamás para conocer estos funestos días, este mundo sin alegría. Más me hubiera valido morir a la edad de sólo seis noches; extinguirme en el octavo día de mi existencia. Entonces bien poco me hubiera bastado: un simple trozo de tela y un pobre rincón de tierra. Sólo habría costado unas
lágrimas a mi madre, algunas menos a mi padre, y tal vez ni una sola a mi hermano".

Sin embargo subió hasta el granero de la colina. Abrió el mejor cofre, y sacó los seis cinturones de oro y las siete sayas azules. Después se vistió con ellos, coronó sus sienes de oro, entrelazó con hilos de plata sus cabellos, ciñó su frente con la banda de
seda azul y su cabeza con el rojo lazo. Y empezó a recorrer los campos y los marjales, las claras florestas y los vastos desiertos, cantando en su vagabunda carrera:

"Sufro en mi corazón, sufro en mi pensamiento. Pero todavía no es bastante. ¡Ojalá pudiera sufrir cien veces más, para que la muerte viniera a librarme de esta miseria!".

Aino caminó un día y otro día. Al tercer día el mar desplegó ante sus ojos sus riberas cubiertas de carrizos. Y la noche vino a suspender su marcha, forzándola a detenerse las tinieblas. Toda la noche lloró sobre una roca, al borde del inmenso mar.
Al alba del día siguiente, divisó a tres muchachas que se bañaban junto a la extremidad del cabo.

Aino quiso ser la cuarta. Colgó su camisa en una rama de mimbre y su vestido en un chopo. Dejó sus medias en el suelo desnudo, sus zapatos en la roca, sus perlas en la ribera arenosa, sus anillos en la pedregosa playa. Una roca sobresalía en la superficie del agua, una roca tachonada de mil colores y brillante como el oro. La muchacha pretendió alcanzarla a nado. Pero apenas se había sentado sobre ella, la roca vaciló de repente y se desplomó en el abismo. Aino se desplomó con ella. Así desapareció la paloma, así murió la mísera doncella. Descendiendo al fondo de las aguas, susurró al morir:

"Había venido a bañarme en el mar, a nadar en el golfo. Y heme aquí que desaparezco bajo las ondas, pobre paloma; que muero, triste pájaro, de una prematura muerte. ¡Que mi padre no vuelva en toda su vida a pescar en este golfo inmenso! ¡que mi madre no vuelva a buscar aquí el agua para amasar su pan!". Todas las gotas de agua que aquí se encuentren serán otras tantas gotas de mi sangre. Todos sus peces serán trozos de mi carne. Todas las ramas dispersas por estas riberas, serán pedazos de mis huesos. Todos los tallos del césped serán hebras de mis cabellos".

Tal fue la triste aventura de la doncella; tal el fin de la hermosa paloma. ¿Y ahora, quien se encargará de llevar la noticia a la ilustre casa de Aino? La liebre la llevará. Y la liebre se lanzó a la carrera, midiendo el espacio con sus corvas patas, agitando las largas orejas. Así llegó hasta el pabellón de baños,

quedando en cuclillas en el umbral. El baño estaba lleno de muchachas, que dijeron a la liebre:

"Ven acá, bestia de los oblicuos pies, que te echaremos en la olla".

La liebre respondió valientemente; "Soy portadora de una triste nueva. La doncella cayó al agua; la bella del cinturón de cobre y la banda de plata, ha desaparecido; ha descendido al fondo del mar, bajo las olas inmensas, para ser allí la hermana de los peces, familiar de los marinos habitantes".

Entonces la madre de Aino comenzó a llorar y lamentarse diciendo: "Guardaos, oh pobres madres, guardaos en esta vida terrestre de brizar a vuestras hijas, de alimentar a vuestras hijas para unirlas a hombre que no hayan ellas elegido, como yo he hecho
con mi hija, con mi paloma querida".

Y la madre siguió llorando. Las lágrimas ruedan de sus claros ojos sobre sus tristes mejillas.

Y de aquellas lágrimas surgieron tres ríos; y de cada río tres cataratas encrespadas como llamas; y en medio de las cataratas, tres islas; y en cada isla, una montaña de oro; y en la cumbre de cada montaña, tres abedules; y en la copa de cada abedul, tres lindos cuclillos.


Y los cuclillos rompieron a cantar.
Decía el primero: "¡Amor, amor!".
Decía el segundo: "¡Desposado, desposado!".
Decía el tercero: "¡Alegría, alegría!".
El que dijo "¡amor, amor!" cantó por espacio de tres meses para la doncella
privada de amor, para la que en el fondo del mar reposa.
El que dijo: "¡Desposado, desposado!", cantó por espacio de seis meses para el
desposado privado de la novia, para el que queda presa de amarga pena.
El que dijo: "¡Alegría, alegría!", cantó toda la vida para la madre privada de
alegría, para aquella que llora sin tregua.

Y la madre de Aino dijo: "Una madre abrumada por el dolor no debe escuchar largo tiempo el canto de cuco. Cuando el cuclillo canta, late el corazón, las lágrimas acuden a los ojos y ruedan por las mejillas, gruesas como guisantes maduros, henchidas como habas de simiente. La vida disminuye una vara, el cuerpo mengua un palmo, y las entrañas se desgarran, cuando se presta oído al cuco de la primavera". Ya la noticia resuena a lo lejos, la nueva de la muerte de la doncella, la desaparición de la hermosa.

El viejo, el impasible Wainamoinen, fue presa del dolor. Lloró a la doncella todos los atardeceres, la lloró todas las auroras, y las noches casi enteras. Lloró el funesto destino de Aino, su muerte en las ondas húmedas, bajo las olas profundas. Y partió con el corazón en la garganta y los ojos anegados en llanto, hacia las costas del mar azul.

Se dirigió a su barca de pesca; examinó sus anzuelos y sedales. Metió un anzuelo, un garfio de hierro, en su bolsa, y avanzó a fuerza de remos hasta el extremo del nebuloso cabo, de la isla rica en umbrías. Allí lanzó su anzuelo al mar, atrayendo y espiando su presa; el hilo de cobre temblaba, silbaba el sedal de plata, zumbaba la liz de oro.

Una mañana, al fin, Wainamoinen sintió que un pez mordía el anzuelo; lo sacó de un tirón y lo arrojó al fondo de la barca. Y examinándolo con atención, dijo: "He aquí el primer pez que yo no conozco. Tal como es, parece un salmón de mar, una pértiga de
aguas hondas".

Y desenvainando el cuchillo de mango argentado que pendía de su cintura, se dispuso a cortarlo en trozos para su almuerzo.
Pero he aquí que el hermoso pez se escapa de entre sus manos y salta fuera de la roja barca de Wainamoinen.

Y a la quinta ráfaga de viento, asomó la cabeza por encima del agua, y habló: "Oh viejo Wainamoinen: no he sido yo hecho para ser cortado en trozos como un salmón y servirte de almuerzo".

El viejo Wainamoinen dijo: "¿Para qué has sido hecho, entonces?".
"Yo estaba destinado a ser tu paloma, a reposar sobre tu pecho, a sentarme a tu
lado eternamente, a ser la compañera de tu vida. ¡Oh, estúpido Wainamoinen, que no
has sabido retener a la húmeda virgen!".

El viejo Wainamoinen, abrumado de pena, bajó la cabeza y dijo: "¡Oh hermana de
Joukahainen, ven otra vez a mi lado!".

Pero la doncella no volvió; no volvió ni una sola vez en todos los días de su vida. Desapareció de la superficie marina y se hundió en las entrañas de la roca abigarrada, en las hendiduras de la piedra rojiza como el hígado.

Entonces el viejo Wainamoinen, gacha la cabeza, triste el corazón, y caída la gorra sobre la oreja, dijo: "¡Oh, qué inmensa ha sido mi locura, qué estúpida mi condición de hombre! ¿Dónde están los días en que yo era el dueño de la inteligencia, y tenía el pensamiento poderoso y grande el corazón? ¡Ay que ahora, en esta triste vida, en esta miserable edad, mi inteligencia se ha reducido, mi pensamiento ha perdido su vigor; todo lo que en mi alma había de energía y potencia, todo se ha desvanecido!".

Y Wainamoinen comenzó a caminar lentamente, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de suspiros. Llegó a las puertas de su casa y dijo: "Mis cuclillos gozosos cantaban ayer al alba y al ocaso, y hasta en pleno día. La pena ha quebrado su sonora voz; la desesperación la ha ahogado. Por eso ya no se les oye cantar a la puesta del sol, para endulzarme las horas de la noche y los levantes de la aurora".

"¿Cómo podré ahora soportar la vida, habitar este mundo, caminar a través de sus espacios? Si mi madre viviera aún, ella me inspiraría sin duda lo que debo hacer para que la pena no me destroce, para no sucumbir a la desesperación en estos lamentables días, en estas angustias llenas de amargura".

De repente la madre de Wainamoinen se despertó en su tumba, y desde el seno del agua le respondió: "Tu madre vive aún; aquella que te amamantó no ha sido tragada por el sueño de la muerte, y puede decirte lo que debes hacer. Trasládate a las comarcas de Pohjola. Allí es, hijo mío, donde debes buscar una esposa; elige la mejor de las doncellas de Pohjola. Una doncella bella de rostro, sana de cuerpo, de ágiles pies, viva y alerta en todos sus movimientos".

El viejo, el impasible Wainamoinen, resolvió ir a las heladas regiones de la sombría Pohjola. Tomó un caballo ligero como la paja, esbelto como un tallo de guisante; puso un freno de oro en su boca, una brida de plata en su cuello; después cabalgó sobre sus lomos y se lanzó al espacio.

Entretanto el joven Joukahainen, el cenceño mozo de Laponia, alimentaba en su corazón un odio ardiente contra el viejo Wainamoinen, contra el runoya eterno. Se fabricó un arco flamígero, asombroso de ver; era de hierro ligado con cobre,
guarnecido de oro y plata.

Y Joukahainen talló una gran cantidad de flechas, con astil de encina y triple punta de abeto; ató a ellas el plumón de la golondrina, las alas ligeras del gorrión. Después les dio temple mojándolas en la negra baba de la serpiente, en el mordiente veneno de
la víbora.

Y cuando las flechas estuvieron dispuestas y presto el arco para ser tendido, Joukahainen se puso a espiar el paso de Wainamoinen. Lo esperó al alba y a la tarde y a pleno sol.

Al fin una mañana levantó la mirada hacia el noroeste. Volvió la cabeza del lado del sol, y divisó una mancha negra en el mar, un punto en el azul. No era una nube de oriente; no era el crepúsculo de la mañana; era el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, que llegaba a Pohjola en su corcel ligero como paja, esbelto como un tallo de guisante. Entonces el joven Joukahainen empuñó su arco de maravilla para matar a Wainamoinen.

Su madre le dijo: "¿Por qué te precipitas así sobre tu arco, tu arco de hierro?". El joven Joukahainen respondió: "Voy a tirar contra el viejo Wainamoinen. Yo atravesaré con mis flechas el corazón del runoya eterno, su hígado y la carne de su espalda".

Su madre se esforzó en desviar tal propósito: "No tires contra Wainamoinen, el de la alta estirpe. Si matases a Wainamoinen, la alegría desaparecería repentinamente de la vida, y la canción sería desterrada de este mundo".

Entonces el joven Joukahainen se detuvo un momento, indeciso y pensativo. Una mano le excitaba a disparar; la otra le retenía; sus nerviosos dedos ardían como brasas. Al fin dijo: "¡Que desaparezcan, así fueran mil veces más hermosas, las horas gozosas de la vida! ¡Que todos los cantos enmudezcan! ¡Nada me importa ya; no dejaré por eso de disparar contra Wainamoinen!".

Y apoyó el arco contra el hombro izquierdo, y soltó la cuerda. La flecha voló demasiado alta; voló sobre la cabeza de Wainamoinen, hasta el cielo, hasta las fuentes de la lluvia, hasta las nubes en remolino.

Joukahainen tiró por segunda vez. La flecha cayó demasiado baja: penetró hasta los profundos de la tierra; y la tierra casi se hundió en sus propias entrañas, y las rocas se abrieron.

Joukahainen tiró por tercera vez. La flecha llegó certera: alcanzó en los ijares al hermoso caballo de Wainamoinen, al corcel ligero como paja, esbelto como un tallo de guisante. Le hirió en el anca izquierda y le atravesó la carne.

El viejo Wainamoinen cayó sobre sus dedos en el mar, sobre sus manos en la onda, sobre sus puños en las hirvientes olas.

Y he aquí que una gran tempestad se desencadenó; el héroe fue arrastrado por las impetuosas olas al fondo del vasto abismo.

Entonces el joven Joukahainen gritó orgullosamente: "Oh viejo Wainamoinen, ya no volverás con ojos vivos mientras el mundo dure, mientras la luna argentada brille, ya no volverás a cabalgar por los bosques de Wainola, por las landas de Kálevala". Y regresó a su casa. Su madre le preguntó en seguida: ''¿Has disparado ya contra Wainamoinen? ¿has matado al hijo de Kálevala?".

El joven Joukahainen respondió: "Sí. El anciano recorre ahora el mar, barriendo olas. Ha caído sobre sus dedos, ha rodado sobre las palmas de sus manos; después se ha vuelto de costado, y ha caído de espaldas para ser zarandeado en el seno del abismo, arrastrado por las procelosas aguas".

La madre dijo: "¡Has cometido una perversa acción, oh miserable, tirando contra Wainamoinen, matando al más grande de los héroes, al más hermoso de los hombres de Kálevala!".

Celebraciones de este mes

8 de Octubre - Día de Erik el Rojo.
Seguidor de Dios Thor, padre de Leif, descubridor de Groenlandia. Brinda en este día en memoria de este gran vikingo, y recuerda y ayuda a tus amigos, como el gran Dios Thor haría!

9 de Octubre - Día de Leif Erikson.
Feriado oficial en los Estados Unidos, debido al reconocimiento de la autoría del descubrimiento de América a este gran vikingo. Gran oportunidad de realzar la cultura Nórdica.

12 y 15 de Octubre- Veturnætur, Winternights o Noche de Invierno-
Recuerdo de los antepasados difuntos y agradecimiento por la última cosecha/proyectos del ciclo anual. Es el inicio del invierno.

27 de Octubre /5 de Abril - Winter Nights.
Esta fecha es dedicada a las Idises, espíritus de la fertilidad gobernadas por Freya. En estos días los elfos bendicen la cosecha que finaliza; en esta fecha se da comienzo también a la Caza salvaje comandada por Odín, periodo que tiene su apogeo en Yule y que termina en Ostara. Es un momento para recordar a nuestros antepasados y seres queridos muertos, una fecha semejante en contenido al Samhain Celta.

13 de Abril /13 de Octubre - Sumarsdag/Sigrblot.
Por estos días mas o menos, dependiendo del lugar donde se habita, se notan en el ambiente los inicios de los tiempos de verano. en estas fechas se hacían, entre otras cosas, sacrificios a Odín para asegurar el éxito en estos tiempos de calor.

30 de Abril/ 31 de Octubre - Walburg Night.
Walburg es una diosa Teutónica que protege a los héroes que yacen en los túmulos funerarios. En esta época del año recuerda a aquellos que yacen en sus tumbas, con la esperanza de un renacimiento. Piensa en los actos que puedes hacer y que te sobrevivirán después que te vayas.

Sumarsdag, Sigrblot - 13 de Octubre:
Por estos días mas o menos, dependiendo del lugar donde se habita, se notan en el ambiente los inicios de los tiempos de verano. en estas fechas se hacían, entre otras cosas, sacrificios a Odín para asegurar el éxito en estos tiempos de calor.

Walburg Nacht- 30 Octubre:
El festival de Walpurgis era una noche de oscuridad y mucha actvidad. Las nueve noches desde el 22 al 30 son celebradas en recuerdo del sacrificio de Odín en el árbol del mundo, el Yggdrasil. Fue en la novena noche (Octubre 30, Walpurgisnacht) en que recibió las runas, las tomó y murió ritualmente por un instante. En ese momento, toda la Luz en los 9 mundos se extinguió, y el completo Caos gobernó. En el instante final de la medianoche, la Luz retorna con un brillo centellante, y los fuegos son encendidos. En la noche de Walpurgis, la muerte provoca un total sacudimiento sobre la tierra, en la noche final de la Horda Salvaje. Es un tiempo de gran magia y visiones.